La candidatura de José Antonio Kast ha estado marcada por una estrategia inicial que, aunque pueda parecer paradójica en política, le resultó sumamente efectiva: el silencio.

En los meses previos a las primarias, el líder de Republicanos optó por mantener un perfil bajo, evitando declaraciones polémicas y reduciendo al mínimo su exposición. Esa táctica, basada en el cálculo de que el desgaste debía recaer sobre sus contendores de sector, le permitió avanzar sin sobresaltos y consolidarse en los primeros lugares de las encuestas, muy por encima de Evelyn Matthei y Johannes Kaiser.

El silencio de Kast operó como un refugio. Lo blindó de la crítica, proyectó una imagen de mesura y le dio tiempo para capitalizar el desencanto con la derecha tradicional, fracturada y enredada en disputas internas. En un escenario donde sus adversarios se enfrentaban entre sí, Kast se presentó como el candidato capaz de ordenar y dar dirección al sector.

Sin embargo, la victoria de Jeannette Jara en la primaria del progresismo alteró el tablero. Su irrupción como una candidata competitiva en primera vuelta obligó a Kast a abandonar el repliegue y asumir un rol más protagónico. Ya no bastaba con esperar: era necesario confrontar, diferenciarse y, sobre todo, poner sobre la mesa su propio programa.

Fue en ese momento cuando la estrategia del silencio mostró su límite. Al tomar la palabra, Kast volvió a quedar expuesto a las tensiones de su propuesta: se recordaron sus posiciones en campañas anteriores, se revisaron declaraciones pasadas y se conocieron con mayor detalle sus planteamientos actuales. El candidato, hasta entonces beneficiado por el misterio y la contención, debió enfrentarse al peso de la concreción.

En este contexto, una de sus propuestas más comentadas esta semana ha sido en materia de pensiones. Kast planteó cambios que implican reducir y alterar el acuerdo mayoritario alcanzado en el Congreso hace poco, un pacto trabajado durante meses y liderado por la exministra Jeannette Jara. Con ello, no solo entra en colisión con una reforma respaldada transversalmente, sino que amenaza con retroceder en un área donde los grandes acuerdos políticos eran considerados un activo para el país. Más aún, para sostener su postura ha recurrido a fake news, un recurso característico en su estilo comunicacional, que tensiona la discusión pública y erosiona la confianza en los consensos alcanzados.

El episodio confirma que su estrategia del silencio ya no es viable. Kast debe hablar, definirse y exhibir sus convicciones más profundas, aun a riesgo de pagar el costo político que implica mostrar con claridad lo que propone. Los efectos no tardaron en reflejarse en las encuestas: su liderazgo, que parecía imbatible, se estancó e incluso mostró leves retrocesos.

El caso de Kast ilustra una tensión recurrente en las campañas contemporáneas: el dilema entre administrar la ventaja desde la cautela o arriesgarla en el ejercicio inevitable de comunicar. En su etapa de silencio, supo sacar provecho del desgaste ajeno. Hoy, en cambio, el desafío es sostener su competitividad en un escenario donde la exposición pública desnuda no solo sus propuestas actuales, sino también el peso de su historia política y de sus convicciones más controvertidas.

Comenta