En los cafés, en las micros, en los almuerzos familiares y en los grupos de WhatsApp, se está dando una conversación muy distinta a la que vemos en los medios o en los paneles de análisis político. Mientras la discusión pública tradicional se mueve entre el caos y el orden, entre el comunismo y el fascismo, en la calle se habla de otra cosa: de desconfianza, de cansancio y de la sensación de que, al final, todo da lo mismo.
Esa es quizás la mayor brecha de esta campaña presidencial. En los espacios de debate formales —la academia, los medios, los partidos—, persiste una lógica binaria heredada del siglo pasado: blanco o negro, progreso o retroceso, izquierda o derecha. Pero en los espacios cotidianos la conversación va por otro carril, más descreído, más íntimo, más desconectado de los discursos oficiales.
Cuando nada cambia, tampoco hay miedo.
Especialmente entre los jóvenes y los votantes que por años se mantuvieron al margen de las urnas, hoy obligados a votar, domina una sensación de distancia frente a la política. No porque no les importe el país, sino porque sienten que los candidatos se parecen demasiado, que las propuestas son intercambiables y que, gane quien gane, las cosas no cambiarán demasiado. Y cuando nada cambia, tampoco hay miedo.
Esa desafección no es indiferencia, es diagnóstico. Es la constatación de que el sistema político habla un idioma que ya no se entiende fuera de sus muros. Mientras los medios alertan sobre polarización, en las conversaciones cotidianas se percibe otra certeza: que la polarización es un temor de los viejos, no de los jóvenes.
La nueva generación no teme a los extremos porque no los ve. Ve continuidad, repetición, discursos gastados. Para ellos, la política no es una batalla entre el bien y el mal, sino una representación en la que los actores cambian de traje, pero no de libreto.
Y quizás ahí esté el mayor desafío para esta elección: entender que la verdadera conversación, la que definirá los votos, no está en los estudios de televisión ni en las encuestas, sino en esos espacios donde la política ya no se discute, sino que se observa con escepticismo.
