Llegamos este domingo a una de las elecciones presidenciales más particulares de los últimos años. No solo por la incertidumbre que marcan las encuestas, sino porque ambas veredas—la izquierda y la derecha—llegan a este momento histórico en posiciones profundamente asimétricas.

De un lado está Jeanette Jara, candidata del progresismo, quien ha protagonizado un fenómeno político que pocos anticiparon con claridad. Y del otro, un bloque de derecha dividido entre Evelyn Matthei, José Antonio Kast y Johannes Kaiser, atrapados en un virtual triple empate que dificulta cualquier lectura definitiva a horas de la votación.

Jeannette Jara: de la duda al liderazgo más amplio de la centroizquierda

Lo dijimos antes en este mismo espacio: Jara llegaba a esta contienda con un desafío mayúsculo. Militante del Partido Comunista, una fuerza histórica pero también asociada a nichos tradicionales de la izquierda, su principal reto era construir una propuesta que trascendiera esas fronteras ideológicas.

La primaria progresista fue la decisión clave. No solo validó su liderazgo, sino que también le permitió impulsar una estrategia de diálogo —a veces tensa incluso con su propio partido— que desactivó desconfianzas en sectores moderados. Jara logró lo que parecía improbable: convertirse en una candidata con legitimidad transversal dentro de la centroizquierda, algo que no se veía hace años.

La candidata hizo esa tarea con relativa premura, pero de manera efectiva. Además, su campaña ha contado con un diseño político inteligente y, pese a que algunos analistas insistieron en instalar la idea de que estaba estancada, la verdad es que fue contando con hitos significativos que dieroon un impulso tras otro a meses de campaña. Dentro de los más significativos estuvo la mediática incorporación de Carolina Tohá que permitió poner un dique a una eventual fue de votos hacia la «moderada» Metthei.

La exministra elaboró un relato que la instaló más allá de su origen partidario. Generó confianzas, marcó posiciones claras, dio estabilidad a un sector que parecía condenado a un cuarto lugar permanente. Y hoy, según todas las encuestas conocidas antes del inicio de la veda, es una clara ganadora de la primera vuelta presidencial. Un logro que no solo evidencia un voto fiel del progresismo, sino un apoyo político amplio y cohesionado detrás de su figura.

En un escenario donde la izquierda parecía no tener espacio para triunfos presidenciales cercanos, Jara se convirtió, precisamente, en la excepción.

La derecha: un triple empate que complica más de lo que ordena

Si en el progresismo el liderazgo es nítido, en la derecha ocurre lo contrario. Evelyn Matthei, José Antonio Kast y Johannes Kaiser compiten en una verdadera primaria simultánea donde nadie logra distanciarse. Las encuestas mostraron un empate persistente que, más que fortalecer al sector, lo mantiene tensionado y sin un relato común.

Los tres candidatos representan matices distintos de una misma familia política, pero están obligados a diferenciarse entre sí para captar un electorado compartido. Eso los ha empujado a una campaña centrada excesivamente en disputas internas, reducida a nichos, y sin posibilidad real de crecer hacia el centro político. La competencia de quien es «más duro» en esta pugna ha reducido la expansión en unidad.

Aunque la suma de sus apoyos configuraría una mayoría evidente a nivel país, la fragmentación debilita al eventual ganador. Quien pase a segunda vuelta lo hará, probablemente, por un margen estrecho y con la tarea inmediata —y difícil— de reconstruir unidad en tiempo récord.

A eso se suma un desafío mayor: en la noche del domingo deberán articular un relato creíble que enfrente a una Jeannette Jara instalada como ganadora y con una ventaja simbólica que pesará en la narrativa del balotaje.

Un domingo electoral decisivo… pero no definitivo

La elección del 16 de noviembre parece el fin de un ciclo, pero en verdad apenas abre el siguiente. La tensión narrativa, que por lo demás marca el interés de los medios, hoy está concentrada en la derecha, en su triple empate y en la incógnita sobre quién avanzará al balotaje. Pero sería un error perder de vista el desempeño sostenido del progresismo y de su candidata.

Jara llega con un capital político robusto, con una estrategia bien ejecutada y con un sector cohesionado detrás de su campaña. La derecha, en cambio, llega obligada a resolver sus pugnas internas antes de enfrentar la segunda vuelta… si es que llega en condiciones de hacerlo con claridad.

Lo que ocurra el domingo será apenas la primera escena de un proceso que recién comienza. La verdadera historia empezará a escribirse esa misma noche, cuando las coaliciones tengan que recomponerse, negociar y construir los relatos que definirán la recta final hacia La Moneda.

Por ahora, lo único cierto es que la política chilena está viviendo uno de sus momentos más entretenidos, inciertos y transformadores de las últimas décadas.

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