Cuando aún no regía la veda para publicar encuestas, el panorama para Evelyn Matthei era ya sombrío: confinada al tercer lugar, y según algunos estudios, incluso al quinto. Para una candidata que aportaba experiencia ejecutiva, liderazgo comprobado y habilidades objetivas para la gobernabilidad, el resultado era desconcertante. Esta historia evoca a la de Carolina Tohá: perfil sólido, trayectoria acreditada… pero incapaz de conectar. Esto lo advertimos desde acá a días del triunfo de Jeannette Jara en las primarias.

Los analistas coincideron en un hecho curioso: Matthei recibe excelentes valoraciones personales—evaluaciones de atributos positivos superiores en casi todas las mediciones—y aún así no lograba traducir esas valoraciones en puntos en las encuestas.

Algunos estudios sugerían a su equipo “tener paciencia”, convencidos de que el electorado acabaría reconociendo sus capacidades. Pero los meses pasaron, los debates avanzaron, y los números no acompañaron. Al cierre de las encuestas más recientes, ella permanecía en la quinta posición.

La explicación no está únicamente en la falta de empatía o en una sub valoración del perfil. Detrás de esta debacle hay un fenómeno más profundo: el centro político perdió su condición de espacio mayoritario, y la gobernabilidad dejó de percibirse como una preocupación urgente entre los votantes.

Pero, además, la vieja dicotomía izquierda-derecha se desgastó, y el binarismo que estructuró la política chilena dejó de movilizar masas como antes. Matthei no solo pagó la factura de sus estrategas aferrados al pasado, sino también la de ser quien es: una figura construida como conciliadora, proveniente de la Concertación de la derecha democrática, que contrasta con momentos de comunicación agresiva, viralización y ambigüedad.

Quien intentó presentarse como el rostro capaz de unir, se vio atrapada por una narrativa que no logró convencer. Videos virales donde recurre a insultos, episodios de conspiración política con militares o promesas de abandonar la política por la docencia… Todo contribuye a un problema: ¿cómo creer en la coherencia de un perfil cuando los actos o las imágenes evocan disonancia? Y en una campaña marcada por la polarización, la moderación se vuelve vulnerable si no se articula con relato claro, emoción reconocible o ruptura real.

Este quinto lugar en las encuestas no es un accidente. Es el síntoma de un cruce: el descenso del centro como opción mayoritaria, y una candidatura que ofrecía lo tradicional en un contexto que exige lo inesperado. Mientras la derecha democrática apostó por la experiencia y el diálogo, el electorado dio la espalda a esa propuesta por parecer ya gastada o desconectada.

Para Matthei, el gran desafío va más allá de remontar posiciones: consiste en transmitir que la gobernabilidad importa, que el centro tiene por qué volver a importar, y que su propuesta no es sólo una combinación de lo que “ha sido”, sino la respuesta para lo que “ya no es”. Y en ello quizá resida la clave de si esta campaña se convierte en un nuevo ciclo o en el epílogo de una fórmula que ya no conecta.

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