Este texto no es para la opinión pública.
No es para la izquierda en general.
No es para la galería.
Este texto es para ti, militante del Partido por la Democracia. Y para quienes, sin militar hoy, siguen orbitando este mundo socialdemócrata, progresista y liberal que alguna vez creyó —sin complejos— que la política podía transformar la vida de las personas.
Si no estás ahí, esta no es tu conversación.
Milito en el PPD desde hace más de veinte años. He estado cerca del poder. He visto, y en algunos momentos, participado cómo se toman decisiones cuando no hay actas, ni micrófonos, ni cámaras. Participé en intentos reales de cambio interno y también vi cómo muchos de esos intentos chocaron contra estructuras que nunca se reconocieron públicamente.
Hace más de una década opté por dejar la primera línea. No por desinterés ni por cansancio político, sino por una convicción vital, criar a mis hijas. Estar presente. La política absorbe tiempo, energía y vida. Y yo decidí —con plena conciencia del costo— entregar ese tiempo a mis hijas y mi familia, porque el tiempo pasa y no vuelve. Porque hay decisiones que se toman una sola vez y definen todo lo que viene después. Porque la política es importante, pero no puede ser lo único.
Esa decisión, difícil en su momento, hoy me llena de orgullo. Mis hijas crecieron con padres presentes. Y yo aprendí algo que la política profesional olvida, que las decisiones difíciles, cuando están bien tomadas, no se entienden en el corto plazo, pero retribuyen con algo más profundo que un cargo o un espacio de poder político. Retribuyen con coherencia, con tranquilidad, con la certeza de haber estado donde debías estar.
Nunca dejé de ser militante. Nunca dejé de observar. Nunca dejé de entender cómo se movían las placas internas del partido y del poder.
Hablo hoy desde ahí. Desde alguien que eligió la vida familiar por sobre la carrera política, pero que nunca abandonó la convicción de que la política es trascendencia. No poder individual, no figuración mediática, trascendencia colectiva. La posibilidad de dejar algo mejor de lo que recibiste. De construir para otros, para los que vienen, para los que no te van a agradecer porque ni siquiera van a saber tu nombre.
Esa es la política que vale la pena. Y desde esa convicción escribo esto.
El documento «Renovar la esperanza: el desafío de la nueva centroizquierda. Del agotamiento al proyecto común”, puesto a disposición por la Fundación por la Democracia (FDP), parte de una constatación que comparto plenamente. Chile atraviesa uno de esos momentos en que los países parecen mirarse al espejo y no reconocerse. Vivimos un tiempo marcado por la desconfianza, el cansancio y una desafección profunda que ha ido vaciando a la política de sentido. El diagnóstico, mirando hacia afuera, a lo externo, es correcto. El documento reconoce fragmentación, pérdida de identidad, subordinación estratégica, desconexión territorial y cansancio ciudadano. Todo eso es cierto.
Pero aquí aparece un patrón que en el PPD conocemos demasiado bien. Siempre hay autocrítica. Siempre bien redactada. Siempre impecable en la forma. Y siempre sin hacerse cargo del fondo.
Porque diagnosticar qué pasó no es lo mismo que asumir cómo pasó, quiénes tomaron las decisiones que nos trajeron hasta aquí ni quiénes lo permitieron. El documento describe síntomas pero evita la genealogía. Es como llegar a un accidente y enumerar las lesiones sin preguntarse quién conducía, a qué velocidad iba, si había alcohol de por medio, o si los frenos fallaron porque nunca se hizo mantención.
¿Dónde está el análisis de las últimos quince años? El giro hacia la Nueva Mayoría que diluyó nuestra identidad programática. La subordinación estratégica al PS que nos convirtió en comparsa, no en actor político. El caudillismo —visible e invisible— que capturó estructuras partidarias y las vació de democracia interna. La conversión de los partidos en maquinarias electorales sin vida orgánica. La tecnocracia progresista que creyó que gobernar bien era suficiente, sin construir poder popular. La renuncia a disputar sentido común en nombre de la moderación.
Sin esa historia, el diagnóstico es estéril. Y peor aún, es cómplice del problema que dice denunciar.
El texto afirma, por ejemplo, que la dilución de la identidad del PPD, en el intento de mimetizarse con aliados, ha debilitado su rol histórico. La frase es correcta. La pregunta es otra. ¿Quién decidió esa mimetización? ¿Quién la empujó? ¿Quién la validó? ¿Quién se subordinó sin cuestionar?
Porque aquí hay una verdad incómoda que hay que decir completa. Si hay quienes deciden, también hay quienes obedecen. La responsabilidad no es solo de los liderazgos visibles o invisibles. También es de quienes aceptaron, callaron, se acomodaron o prefirieron no incomodar.
No se cuestionan en el documento los liderazgos prolongados. No se habla del poder informal. No se habla de las decisiones tomadas en cuatro paredes. No se habla del reparto de cupos, de cargos, de vetos cruzados. No se habla de los caudillos visibles ni de los invisibles. No se habla de quienes dejaron de dar la cara, pero nunca dejaron de decidir.
Hablemos claro de lo que significa caudillismo en el PPD y en la centroizquierda chilena. No es solo la figura carismática que concentra poder. Es un sistema que destruyó la política de partidos. Todo giró en torno a figuras —Lagos, Bachelet, ahora último Carolina Toha— en lugar de proyectos colectivos. Los partidos se convirtieron en plataformas de lanzamiento de candidaturas individuales, no en espacios de construcción programática. Cuando esas figuras se retiran, debilitan o pierden lustre, el partido queda vacío. Sin relato propio, sin identidad diferenciada, sin razón de ser más allá de la lealtad a una persona.
Las decisiones se tomaban en comandos informales, no en instancias orgánicas. Las directivas se elegían con listas únicas previamente pactadas en cuatro paredes. Los consejos se convirtieron en ceremonias de validación, no en espacios de deliberación real. La militancia dejó de sentir que su opinión importaba. Y cuando la gente deja de sentir que su voz cuenta, se va o se queda solo por inercia institucional.
Ser dirigente partidario pasó a ser un empleo —con sueldo, oficina, redes de contacto que abren puertas— en lugar de un servicio político temporal. La política se convirtió en carrera profesional, no en vocación. Y cuando la política es carrera, nadie quiere perder su puesto de trabajo. Entonces se administra, se negocia, se acomoda. Pero no se transforma nada.
Lo importante dejó de ser qué defendíamos y pasó a ser qué vendía en encuestas. El programa se volvió flexible, adaptable, negociable. La identidad ideológica, un lastre que alejaba votantes del centro. Un partido sin convicciones claras es un partido que la ciudadanía no puede reconocer. Y si no te reconocen, no te votan. Así de simple.
La militancia dejó de deliberar para convertirse en aparato que se activa para las campañas. Colgar carteles, ir a actos, aplaudir discursos que no escribieron, defender posiciones que no discutieron. Partidos sin vida orgánica, sin formación política, sin capacidad de producción ideológica propia. Solo infraestructura electoral que envejece y se marchita entre elección y elección.
Y aquí está la contradicción brutal del documento. Este texto es producido por esa misma estructura caudillista. Es un documento de la Fundación por la Democracia, probablemente redactado por un equipo técnico, discutido en instancias restringidas, y luego bajado como línea a validar en instancias más amplias.
¿Dónde está la deliberación de bases? ¿Cuántos militantes de población participaron en su elaboración? ¿Cuántas dirigentas sindicales lo leyeron antes de su publicación? ¿Cuántos jóvenes sin cargo fueron parte del proceso de redacción? Apostaría que muy pocos. Porque el PPD dejó de ser un partido de masas para convertirse en un think tank con infraestructura electoral. Y desde ahí no se construye nada nuevo. Solo se recicla lo viejo con palabras nuevas.
El texto plantea explícitamente reconstruir la casa común de la centroizquierda, sea partido, federación u otra forma organizativa, con identidad definida, propósito claro y vocación real de poder. La idea de la Casa Grande es potente. Y estoy de acuerdo con empujar en esa dirección.
Pero tomemos en serio la metáfora. Cambiarse de casa no es solo trasladarse. Es revisar. Abrir cajas. Encontrar recuerdos, triunfos, historias que vale la pena conservar. Pero también cosas rotas, prácticas viejas, hábitos que guardamos por costumbre, por miedo o por apego. La Casa Grande no puede construirse arrastrando todo lo viejo. No puede ser una mudanza sin limpieza. No puede ser una casa nueva con las mismas lógicas de poder, los mismos silencios y los mismos dueños.
Hay cosas que hay que dejar atrás o se repite la historia. Los liderazgos eternos, para empezar. No se puede construir una casa nueva con los mismos arquitectos que diseñaron la que se está cayendo. La renovación generacional no es un gesto, es una necesidad estructural. Las decisiones cupulares, después. Si la Casa Grande se funda con los mismos métodos —acuerdos en cuatro paredes, listas únicas, dedocracias disfrazadas de consenso— no habremos cambiado nada.
Y también hay que dejar atrás la subordinación estratégica al PS. Conversar con el PS es necesario. Construir acuerdos es parte de la política. Pero subordinar identidad y proyecto no lo es. La identidad difusa tampoco sirve. Ya no podemos seguir siendo socialdemócratas-progresistas-centroizquierda-socialismo democrático todo al mismo tiempo. Todo al mismo tiempo no es amplitud, es indefinición. Y la indefinición no convoca, no ordena, no gobierna.
La Casa Grande necesita definición ideológica clara. No más etiquetas múltiples que intentan abarcar todo. Hay que elegir. Somos socialdemócratas y progresistas del siglo veintiuno. Eso significa Estado fuerte que garantiza derechos sociales y regula el mercado. Economía de mercado con reglas, no economía de mercado como religión. Libertades individuales con redes de protección robustas. Igualdad de oportunidades real, no meritocracia de fachada. Democracia radical que democratiza poder económico y político. Justicia distributiva sin pedir permiso a los que van a perder privilegios.
Necesita también una base social reconocible. ¿A quién representamos? El documento nunca lo dice. ¿A la clase trabajadora formal? ¿A los sectores medios profesionales? ¿A los emprendedores precarizados? ¿A los trabajadores del Estado? ¿A los jóvenes de la economía de plataformas? Sin sujeto político, no hay proyecto político. Y el PPD lleva años sin saber quién es su base social. Por eso no tiene militancia activa. Por eso no tiene presencia territorial. Por eso solo existe en período electoral.
La Casa Grande debe fundarse con democracia interna vinculante. Primarias abiertas para todas las candidaturas relevantes. Revocatoria de cargos internos si no cumplen mandatos. Prohibición de acumulación, nadie puede ser dirigente partidario y tener cargo de designación política simultáneamente. Asambleas territoriales con poder de decisión real sobre programa y estrategia. Financiamiento militante. Menos empresarios, más cuotas de militantes.
Y necesita autonomía estratégica. Un partido que quiere liderar no pide permiso. Propone. Ordena. Convoca. Y liderar implica asumir identidad propia.
El documento señala —sin nombrarlos directamente— que la centroizquierda se subordinó a proyectos que no lograron articular mayorías estables. La referencia es clara. Y aquí hay que decirlo sin rodeos. Durante demasiado tiempo el PPD ha bailado al ritmo del Partido Socialista. No como socio estratégico, sino como partido subordinado. No hemos sido complemento, hemos sido apéndice. No hemos sido aliados, hemos sido subordinados.
Y esa subordinación tiene nombre y apellido. Aceptamos candidaturas que no queríamos. Negociamos cupos en lugar de disputar proyectos. Renunciamos a identidad propia para no romper la unidad. Callamos críticas para no hacerle el juego a la derecha. El resultado fue que nos volvimos irreconocibles. Y cuando un partido es irreconocible, la gente deja de votarlo.
El documento dice que la Casa Grande debe construirse con PR y PL dejando la puerta abierta a La Democracia Cristiana y la Federación Regionalista Verde Social y expectativas de convergencia con el PS. Seamos honestos, sin el PS, no hay mayoría. El socialismo chileno, con todos sus problemas, sigue siendo la fuerza más grande de la centroizquierda. Una federación PPD-PR-PL sin el PS es una alianza de segunda división.
Pero aquí está el dilema real ¿puede el PPD negociar con el PS desde una posición de fuerza si primero no se fortalece a sí mismo? La respuesta es no. Entonces la secuencia correcta es primero reconstruir al PPD con identidad clara, base militante activa y presencia territorial real. Segundo, formalizar federación con PR y PL desde esa fortaleza. Tercero, negociar convergencia con el PS desde una posición de igualdad, no de dependencia. Si el orden se invierte, repetiremos la historia, el PPD como vagón de cola de un proyecto ajeno.
El documento propone crecer al cuatro por ciento anual, reducir la DESpermisología, atraer inversión extranjera y al mismo tiempo fortalecer el Estado, redistribuir riqueza y proteger el medio ambiente. Esto no es síntesis dialéctica. Es esquizofrenia política.
Hay preguntas concretas que el documento evita. Caso litio: el discurso habla de desarrollo sostenible con justicia territorial, pero la realidad pregunta si apoyaremos la explotación masiva del litio aunque comunidades indígenas se opongan, porque Chile necesita crecer. Caso salmoneras: el discurso promete economía de colaboración y protección ambiental, pero la realidad pregunta si seguiremos defendiendo la industria salmonera pese a su devastación ecológica porque da trabajo. Caso forestal: el discurso dice transición verde y respeto a territorios, pero la realidad pregunta si mantendremos el modelo forestal de monocultivo porque genera exportaciones.
El documento no responde porque no puede. Porque responder obligaría a elegir bando. Pero gobernar es elegir. Y si no elegimos nosotros, eligen otros por nosotros.
El capítulo de seguridad es el más revelador —y el más preocupante— del documento. Es una rendición total ante el marco interpretativo de la derecha. Dice textualmente que sin seguridad no hay desarrollo posible, no hay inversión sostenible ni calidad de vida. Esta frase podría estar en un programa de José Antonio Kast.
¿Dónde está la perspectiva socialdemócrata y progresista sobre seguridad? Lo que debería decir un documento progresista es que la inseguridad es producto de la desigualdad, el desempleo juvenil, la falta de oportunidades, el abandono estatal de territorios. Que la respuesta no es solo más policías. Es más Estado social en los barrios. Que el crimen organizado se combate atacando el lavado de dinero, las redes financieras, la captura de instituciones.
¿Por qué no hay una sola mención a los empresarios que lavan dinero del narco? ¿Por qué no se habla de regulación bancaria para rastrear flujos ilícitos? ¿Por qué todo el foco está en mano dura y ninguno en justicia social como prevención?
Y aquí está la pregunta política de fondo ¿está el PPD dispuesto a defender a un joven de población que es golpeado por Carabineros, si eso le cuesta votos en sectores medios que piden orden? Si la respuesta es no, entonces no somos progresistas. Somos oportunistas que adaptamos el discurso al cliente.
El capítulo sobre cuidados es potente. Es el mejor del documento. Pero tiene una contradicción no resuelta. El documento dice que Chile necesita crecer al cuatro por ciento anual y también que el cuidado es eje democrático estructural. ¿Cómo se compatibiliza? Crecer al cuatro por ciento implica aumentar productividad, más horas de trabajo, mayor intensidad laboral. Eso reduce el tiempo disponible para cuidar.
Una economía del cuidado requiere trabajar menos, no más. Implica reducción de jornada laboral sin reducción de salario, licencias parentales extendidas, desincentivos al sobretiempo (horas extras), valorización económica del trabajo de cuidado no remunerado. Pero todo eso reduce el crecimiento del PIB. No lo acelera.
El documento no asume este trade-off porque hacerlo implicaría cuestionar el fetiche del crecimiento económico como medida del éxito nacional. Y ese cuestionamiento es impopular. Incomoda al empresariado. Genera titulares complicados. Entonces se evade con lenguaje ambiguo. Pero la ciudadanía no es tonta. Y cuando las promesas chocan entre sí, deja de creer en todas.
El documento está plagado de llamados a pactos nacionales. Pacto Nacional de Desarrollo. Acuerdo de Estado en Seguridad. Pacto de Bienestar y Cuidados. Estrategia Nacional de Desarrollo Verde. Esto revela una incomprensión profunda de la naturaleza del poder político. No existe transformación social sin antagonismo.
Cada reforma progresiva tiene ganadores y perdedores. Una reforma tributaria progresiva perjudica a los ricos. Regular el mercado del suelo perjudica a las inmobiliarias. Fortalecer sindicatos perjudica a empresarios que explotan. Limitar jornada laboral reduce utilidades. ¿Con quién se va a pactar esto? ¿Con los mismos que van a perder privilegios?
El poder no se dialoga. Se disputa. Y la centroizquierda confunde gobernabilidad con consenso. Cree que si todos conversan, todos cederán. Pero los que tienen poder no ceden voluntariamente. Se les obliga a ceder mediante movilización social, mayorías electorales sólidas, reformas legales que limiten su capacidad de veto, narrativa pública que legitime la redistribución. Sin voluntad de conflicto, no hay transformación. Solo administración decorosa del statu quo.
El documento advierte que el campo democrático no puede eludir la dimensión tecnológica del poder y que se requiere avanzar hacia un tecno-progresismo humanista. La alerta es correcta. Pero es incompleta.
El texto menciona regular el uso de datos, proteger derechos digitales, anticipar el tecno-autoritarismo. Todo correcto. Pero reactivo. La tecnología aparece como amenaza a regular, no como herramienta de transformación. No se habla de inteligencia artificial como capacidad productiva nacional. No se habla de soberanía tecnológica. No se habla de si Chile desarrollará sus propias plataformas o será colonia digital de Silicon Valley y China. No se habla de transformación del Estado mediante IA aplicada a salud, educación, trámites, predicción de crisis sociales. No se habla de educación tecnológica como derecho desde la infancia.
La tecnología no es solo un riesgo. Es el campo de batalla del siglo veintiuno. Y si la centroizquierda no disputa ese terreno, lo pierde por default ante corporaciones y autoritarismos.
Pero hay algo aún más grave. La tecnología permite democratizar la política interna del partido. Deliberación en línea con participación de militantes de todo el país. Transparencia automatizada, publicación en tiempo real de gastos, decisiones, actas. Primarias digitales, votación segura, verificable y masiva. Formación política distribuida, escuelas de formación online accesibles desde cualquier territorio.
Pero si la tecnopolítica queda en manos de los mismos de siempre, con las mismas lógicas de control, solo será una nueva herramienta para las viejas prácticas. Y el PPD —seamos honestos— usa la tecnología para campaña electoral, no para democracia interna.
El documento habla de reducir desigualdad pero no menciona la palabra impuestos de manera concreta. No dice cuál será la carga tributaria objetivo. Si habrá impuesto a la riqueza. Si se tocará la herencia. Si se gravará la especulación inmobiliaria. Cómo se financiará el Pacto de Bienestar. Esta omisión no es casual. Es constitutiva.
El PPD sabe que tocar privilegios económicos le cuesta votos en sectores medios profesionales que son su base electoral residual. Entonces hace trampa retórica, promete bienestar sin decir cómo se paga.
El documento menciona obsesivamente la ciudadanía, pero nunca habla de clases sociales, de estructura económica, de relaciones de poder material. ¿A quién representa la centroizquierda? ¿A la clase trabajadora formal? ¿A los sectores medios profesionales? ¿A los emprendedores precarizados? ¿Cuál es la base social concreta que debería militar, financiar y defender este proyecto? ¿Por qué la gente común debería confiar en un partido que lleva más de cuarenta años en el poder —con matices— y no resolvió sus problemas?
La ausencia del concepto de clase en un documento de centroizquierda no es un detalle estilístico. Es un síntoma. Revela que el PPD perdió contacto con la sociología política real del país.
El documento menciona paridad y enfoque de género, pero no hay análisis feminista de la economía política. No se habla de brecha salarial estructural y cómo revertirla. No se habla de división sexual del trabajo como base del capitalismo. No se habla de economía de los cuidados como subsidio invisible al capital. No se habla de violencia hacia la mujer como sistema de control social. El feminismo aparece como tema a incluir, no como perspectiva que transforma todo el análisis.
El documento habla de desarrollo verde pero no asume la crisis climática como la contradicción central del capitalismo contemporáneo. No hay reconocimiento de que el crecimiento infinito en un planeta finito es imposible. No hay propuesta de decrecimiento en sectores no esenciales. No hay análisis de cómo el colapso climático reordenará toda la economía. No hay visión sobre sequías, migraciones climáticas, pérdida de biodiversidad. El desarrollo sostenible del documento es todavía antropocéntrico y productivista. No es ecología política. Es capitalismo verde.
Este documento no es un plan de acción. Es un ejercicio de relegitimación interna. Su función no es cambiar la realidad, sino mostrar que están trabajando ante militantes escépticos, marcar territorio frente al PS y otros actores, generar insumos discursivos para parlamentarios, proyectar imagen de reflexión estratégica ante la prensa.
Pero no hay decisiones vinculantes, cronogramas, responsables, presupuestos, mecanismos de rendición de cuentas. Es, en el mejor de los casos, un manifiesto de intenciones. En el peor, papel destinado al olvido cuando empiecen las urgencias electorales de dos mil veintiséis.
Estoy de acuerdo con cambiar de casa. Estoy de acuerdo con construir una Casa Grande. Estoy de acuerdo con recuperar identidad y liderazgo. Pero no sin mirarnos de frente. No sin asumir responsabilidades compartidas. No sin botar lo que ya no sirve.
Tenemos experiencia. Tenemos historia. Tenemos madurez suficiente. Lo que falta no es diagnóstico. Es coraje. Porque esta vez no basta con escribir otro documento. Esta vez hay que decidir. Y decidir, de verdad, siempre tiene costos.
Vuelvo al principio. A mis hijas. A esa decisión difícil de hace más de una década. Las decisiones difíciles son las que definen quién eres. No las fáciles, no las cómodas, no las que aplaude todo el mundo en el momento. Las difíciles. Las que te cuestan algo. Las que te hacen dudar. Las que no se entienden en el corto plazo.
Yo elegí a mis hijas por sobre la carrera política. Y hoy no me arrepiento de nada. Porque aprendí algo esencial. La política no es acumulación de cargos. Es trascendencia.
Trascender no es aparecer en el diario. No es tener oficina con tu nombre en la puerta. No es que te inviten a la mesa donde se toman decisiones. Trascender es dejar algo mejor de lo que recibiste. Es construir para otros, para los que vienen, para los que no te van a agradecer porque ni siquiera van a saber tu nombre.
Esa posibilidad —esa responsabilidad— es la única razón por la que vale la pena hacer política. No por los cargos, no por el reconocimiento, no por la foto. Por la trascendencia. Por saber que estuviste ahí cuando había que estar. Que tomaste las decisiones difíciles cuando había que tomarlas. Que no te corriste, no te acomodaste, no te subordinaste.
La Casa Grande solo tiene sentido si se construye desde ahí. Desde la honestidad de reconocer que nos equivocamos. Desde el coraje de cambiar lo que hay que cambiar. Desde la humildad de saber que no somos imprescindibles, pero que nuestra responsabilidad sí lo es.
Este no es otro documento más. Es una encrucijada. Y las encrucijadas se resuelven decidiendo. No escribiendo. Decidiendo.
Descarga el documento: «Renovar la esperanza: el desafío de la nueva centroizquierda. Del agotamiento al proyecto común”
