La configuración del gabinete del presidente electo José Antonio Kast y su actuación pública frente a los mega incendios que afectaron a las regiones de Ñuble y Biobío permiten trazar, aun en una etapa temprana, algunas líneas de lectura sobre el tipo de liderazgo y de relato que busca instalar de cara al inicio de su gobierno.

En ambos frentes —la emergencia y la presentación del elenco ministerial— Kast ha optado por un discurso de unidad nacional, que intenta ampliar el marco inicial de un “gobierno de emergencia” hacia la idea de un gobierno de unidad. No es un gesto menor. En un contexto marcado por catástrofes, polarización política y un escenario internacional complejo, el presidente electo parece consciente de que el capital simbólico de su mandato dependerá, en buena medida, de su capacidad para desactivar tensiones y aparecer como un articulador más que como un vencedor.

En esa lógica se inscriben también sus señales hacia el gobierno saliente de Gabriel Boric, respaldándolo en la gestión de la emergencia por los incendios en el sur. Más allá de la dimensión práctica de la coordinación institucional, el gesto tiene un valor político: evita la tentación de marcar diferencias prematuras y refuerza la idea de continuidad del Estado frente a situaciones críticas, un punto siempre sensible en los cambios de mando.

Un gabinete con énfasis técnico y gestos transversales

La composición del gabinete confirma esta búsqueda de amplitud. Destaca la presencia de figuras provenientes del mundo concertacionista, como la senadora Ximena Rincón y el exministro Jaime Campos, incorporaciones que buscan enviar una señal clara de transversalidad política y pragmatismo. No se trata solo de sumar nombres, sino de ensanchar el perímetro simbólico del gobierno más allá de su base electoral natural.

Al mismo tiempo, hay un marcado acento en el perfil técnico y profesional de los ministros y ministras designados con una narrativa que privilegia la competencia y la eficiencia por sobre la militancia partidaria. De hecho, de los 25 ministerios, 17 están en manos de independientes, lo que refuerza la idea de un gabinete que busca legitimarse más por capacidades que por equilibrios partidarios.

Cuestión aparte es el fallido nombramiento de Santiago Montt en el Ministerio de Minería, cartera estratégica en el desarrollo del país. El anuncio, realizado por la empresa en que trabajaba Montt, descolocó a todos y no sólo refleja poco respeto por la autoridad presidencial, sino que también el completo desconocimiento de los códigos políticos de nuestro país. ¿Cuántos más de este elenco ministerial pueden presentar igual debilidad?

Este énfasis «técnico» recuerda inevitablemente al “gobierno de los gerentes” impulsado por Jorge Alessandri a fines de los años cincuenta, cuando la distancia respecto de los partidos y la apuesta tecnocrática fueron presentadas como antídoto frente a la ineficiencia del Estado. No es casual que, al igual que Alessandri, Kast haya destacado en la presentación de su gabinete las credenciales profesionales y la experiencia de cada uno de sus ministros como principal aval de su gestión futura. Los asesores del Presidente debieran tomar los libros de historia para saber como le fue a ese Gobierno con tal apuesta.

Una promesa que no se cumplió

Sin embargo, en medio de estos gestos de orden y prolijidad, aparece una promesa tempranamente incumplida: la reducción de ministerios mediante la creación de biministerios o trimisterios para “cortar la grasa del Estado”. La idea, reiterada durante la campaña, apuntaba a disminuir la supuesta ineficiencia derivada del exceso de carteras. Nada de eso ocurrió.

Algunos analistas han atribuido esta renuncia a la presión de los partidos políticos. No obstante, el argumento pierde fuerza al observar que la mayoría del gabinete está compuesto por independientes. La explicación parece ser más simple —y más política—: una promesa abandonada en función de la gobernabilidad, de la necesidad de administrar equilibrios y evitar conflictos innecesarios antes incluso de asumir.

Un debut con interrogantes

Entre la elección y el 11 de marzo, el equipo del presidente electo ha mostrado una cautela poco habitual en escenarios de triunfo electoral. Pareciera que Kast, estos días, ha evitado el tono celebratorio y la lógica de “la historia la escriben los vencedores”, apostando por un relato de urgencia nacional que requiere, al menos en el discurso, del esfuerzo de todos y todas.

Quedan, sin embargo, interrogantes abiertas. Varios de los ministros designados arrastran trayectorias previas, declaraciones y estilos que no siempre dialogan bien con el tono de unidad que hoy se intenta instalar. Algunos son conocidos por un lenguaje confrontacional, incluso deslenguado, que podría tensionar rápidamente la convivencia política y comunicacional del gobierno.

El verdadero examen comenzará con el ejercicio efectivo del poder. La historia enseña que los gestos iniciales no siempre anticipan la práctica cotidiana del gobierno. Por ahora, Kast ha optado por la moderación estratégica y la apelación a la unidad. Habrá que ver si ese relato logra sostenerse cuando las decisiones difíciles, las crisis y las tensiones propias del cargo comiencen a instalarse con fuerza a partir de marzo.

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