Con la inscripción de los pactos electorales esta semana, quedó al descubierto lo que muchos sospechábamos: los partidos parecen más preocupados de salvar los muebles que de formar liderazgos con visión. La política, en lugar de sembrar cuadros sólidos, se conforma con nombres que llaman la atención, aunque carezcan de preparación, trayectoria o compromiso público.
Evópoli lleva a Marlén Olivarí, RN apuesta por Pablo Herrera, la DC pone a Pollo Valdivia y el PC mantiene a Daniel Jadue, a pesar de estar en medio de un juicio por fraude al Fisco. Estos ejemplos no son casos aislados, reflejan un patrón repetido a lo largo de los años, los partidos prefieren figuras mediáticas, polémicas o conocidas, antes que invertir en jóvenes con formación y vocación política. Es como si los partidos fueran jardineros que en lugar de plantar semillas nuevas y fuertes, se conformaran con trasplantar flores vistosas pero frágiles, llaman la atención, dan color, pero no sostienen un crecimiento real.
El problema va más allá de la falta de renovación inmediata. Al no preparar a nuevas generaciones como cuadros sólidos, los partidos están hipotecando el futuro de la política chilena. En 10, 20 o incluso 50 años, la escasez de liderazgos formados se traducirá en ciclos de improvisación, decisiones cortoplacistas y una democracia dependiente de la notoriedad de sus candidatos, más que de su capacidad de gobernar. La falta de proyección hoy es un problema estructural que los ciudadanos pagaremos durante décadas.
Mientras algunos celebran la notoriedad mediática de sus candidatos, la ciudadanía observa cómo se desperdicia una oportunidad histórica de formar dirigentes responsables, con ética y visión de largo plazo. Los nombres pueden atraer cámaras, pero no garantizan soluciones a los problemas cada vez más complejos que enfrenta el país. En cambio, perpetúan un estilo de política donde la popularidad momentánea vale más que la preparación, y donde salvar los muebles parece más importante que construir cimientos sólidos.
La falta de renovación también transmite un mensaje preocupante a quienes aspiran a participar en política, pues no importa la formación ni el compromiso, lo que cuenta es tener un rostro conocido o un apellido respetado. Así se limita la diversidad de liderazgos, se refuerzan los privilegios de siempre y se retrasa la aparición de cuadros que podrían ofrecer nuevas ideas con responsabilidad.
Si los partidos no cambian su mirada, seguiremos viendo elecciones donde se salvan los muebles, pero nunca se construyen bases de una política fuerte y sostenible. La democracia no se mantiene con flashes ni con fama, se sostiene con preparación, coherencia y responsabilidad. Y mientras esta lógica prevalezca, los próximos 50 años de la política chilena estarán condenados a repetir los mismos errores, con los mismos rostros y los mismos resultados mediocres.
