La sorpresa de la última elección presidencial fue, sin duda, el sólido tercer lugar de Franco Parisi, una posición que confirma su capacidad para conectarse con un electorado desencantado, pero que también abre un conjunto de desafíos que podrían definir el futuro de su liderazgo político. El resultado fue celebrado por sus adherentes, pero implica mucho más que una victoria circunstancial: obliga al Partido de la Gente (PDG) a demostrar que, esta vez, no dejará diluir un capital político que ya se les escurrió entre las manos en la legislatura que termina.
Los analistas fueron unánimes en recordar cómo la bancada del PDG —que irrumpió con fuerza en su debut— terminó desdibujándose a causa de la falta de institucionalidad interna, la indisciplina parlamentaria y, sobre todo, la ausencia física y política de su principal figura. Parisi, desde el extranjero, no logró articular ni conducir a un grupo parlamentario heterogéneo, que terminó dispersándose en agendas personales.
Hoy, en contraste, tanto el candidato como la cúpula partidaria parecen haber tomado nota. El presidente del PDG ha insistido en que el nuevo ciclo estará marcado por el fortalecimiento orgánico del partido, con coherencia y disciplina como ejes rectores. Parisi, por su parte, ha dado señales de que permanecerá en Chile, una decisión clave para sostener el proyecto y mantener la gravitación que alcanzó en las urnas.
Sin embargo, el desafío aparece rápidamente en escena: a pocos días de la elección, ya se observaron tensiones internas. Varios diputados del PDG adelantaron públicamente su preferencia para la segunda vuelta —entre Kast y Jara— sin esperar los resultados de una consulta interna que el partido anunció como mecanismo oficial. Este gesto revive un fantasma conocido: la dificultad del PDG para actuar como colectivo, más allá de sus figuras carismáticas.
Otro factor de incertidumbre es la posición de Pamela Jiles, un liderazgo autónomo cuyo comportamiento suele desafiar cualquier intento de alineamiento partidario. En un escenario donde el PDG aspira a consolidarse institucionalmente, su rol será una prueba inmediata para la conducción que promete la dirigencia.
Aun así, se observan algunos puntos de convergencia en el partido. Todo indica que la posición preferida será llamar a anular el voto en segunda vuelta, una estrategia pragmática que les permite mantener presencia simbólica en una contienda de la que quedaron excluidos. Dado el voto obligatorio y la fuerte polarización, se anticipa un volumen significativo de votos blancos y nulos; Parisi, sin duda, buscará atribuirse parte de ese caudal como señal de respaldo y de vigencia de su liderazgo, proyectándolo hacia el próximo ciclo político.
El gran interrogante es si el PDG logrará esta vez convertirse en un actor estable del sistema político o si repetirá el ciclo de irrupción y desintegración que marcó su debut legislativo. La presencia territorial, la disciplina parlamentaria, la conducta de sus liderazgos periféricos y la capacidad de Parisi para conducir desde dentro —y no desde la distancia— serán determinantes.
En síntesis, el éxito electoral de Parisi no es solo una oportunidad: es una prueba de fuego. El PDG deberá demostrar que puede trascender el personalismo y consolidarse como proyecto político. De lo contrario, corre el riesgo de volver a ser una golondrina que no alcanza a hacer verano.
