La historia no arrancó ayer. Ayer simplemente se quitó la careta. Lo que vimos en esa conferencia de prensa no fue a Trump improvisando ni saliéndose del guion. Fue el momento exacto en que decidió que ya no hacía falta disimular.
Todo el 2025, recién asumido como presidente, estuvo preparando el terreno. Hablando de narcotráfico como terrorismo. Declarando a los carteles como enemigos de guerra, enemigos globales. Poniendo precio a la cabeza de Maduro como si estuviera en el Far West. Y fue construyendo, ladrillo por ladrillo, una idea tan simple como peligrosa. Hay países que ya no merecen soberanía. Cuando esa narrativa prende, el derecho internacional se convierte en un estorbo decorativo y la invasión pasa a ser una «necesidad».
Venezuela era el caso perfecto. Un país devastado, aislado, con un régimen colgando de un hilo y sentado encima del pozo de petróleo más grande del mundo, esperando a ser administrado. Maduro no fue derrocado. Fue capturado. Y esa diferencia semántica es política en estado puro. Porque no se trató de liberar a nadie, sino de sacar del mapa a un problema bajo el manual de la seguridad nacional.
Y ayer, Trump habló sin eufemismos. Habló de petróleo. De empresas americanas que van a administrarlo. De recuperar lo que «nos quitaron, nos robaron». No mencionó la democracia venezolana, ni la libertad del pueblo, ni la transición pacífica. Habló de negocios, de control, de quién manda. Y cuando un presidente habla así en público, ya no le importa quedar bien. Le importa quedar arriba.
El petróleo venezolano en este juego no es solo energía. Es un símbolo. Es la forma de decirle al mundo entero. «Estados Unidos todavía puede hacer lo que quiera». No porque necesite ese petróleo para sus refinerías, sino porque lo necesita para negociar desde arriba. Para plantarse frente a China, frente a los árabes, frente a los BRICS, frente a cualquiera que esté imaginando un planeta sin el dólar al centro. La energía es el nuevo oro de las guerras que vienen, y quien la controla, controla todo lo demás. Controla el siglo.
Y en medio de todo esto aparece la figura incómoda. María Corina Machado. Durante años fue el rostro limpio de la oposición venezolana, la esperanza democrática, la que ganó elecciones sin armas. Pero ayer Trump la borró del mapa con una sola frase:
«Ella no tiene el respeto ni la legitimidad necesarias».
Esa frase no fue un error. Fue una ejecución política. Machado es demasiado legítima, demasiado visible. El Nobel la puso en el mapa mundial con voz propia, y eso, para el plan de Trump, es un problema. Una líder con agenda democrática real trae elecciones de verdad, ajuste de cuentas, contratos revisados, caos institucional. Y el caos espanta inversiones. Espanta petroleras. Espanta el control rápido que Trump necesita.
Trump no quiere democracia en Venezuela. Quiere orden. Quiere que el petróleo fluya sin interrupciones ni sorpresas. Por eso Machado sale de la ecuación y el chavismo, sin Maduro, se vuelve útil, se vuelve funcional. Porque el chavismo conoce el terreno, maneja las fuerzas armadas, controla las redes internas. Eliminarlo sería abrir la puerta a una guerra civil que duraría años. Usarlo es garantizar que el país no explote mientras las empresas americanas empiezan a bombear crudo.
Acá está la jugada más cínica y más clara de toda esta operación, democracia plena significa riesgo. Continuidad controlada significa estabilidad. Trump siempre elige su estabilidad. Siempre.
La cosa se pone peor cuando empieza a hablar de América Latina como si fuera su finca. Ayer, hablando de Chile, soltó:
«Yo respaldé a ese hombre que gano. Por Asfura y Milei también».
No habla como un aliado. Habla como un patrón. No construye relaciones, exige obediencia. Esto no es un bloque de países pro Estados Unidos, es un bloque pro Trump. Personalista, directo, sin instituciones de por medio. Una especie de feudo geopolítico donde los presidentes no responden a proyectos comunes sino a lealtades personales.
América Latina aparece entonces como el patio trasero perfecto para una potencia en crisis de identidad. Energía, minerales, alimentos, agua, y Estados débiles que pueden alinearse con presión o amenaza. No hace falta invadir todo. Basta con controlar los puntos clave, aislar a los que se resisten y recordarles a los indecisos quién tiene los misiles. Colombia lo recordó cuando Trump dijo de Petro que «fabrica cocaína» y que «tiene que cuidarse el trasero». El mensaje es claro, el mismo guion puede repetirse.
Europa observa incómoda, atrapada entre Rusia y Estados Unidos. China avanza en silencio, construyendo mientras otros destruyen. El mundo se está reordenando y Venezuela se convirtió en el laboratorio del nuevo juego.
La pregunta ya no es si esto es democrático. No lo es. La pregunta es si funciona.
Si funciona, entramos en una era de hegemonía sin disfraces. Control territorial vestido de negocios. Estabilidad impuesta a punta de fuerza. Estados Unidos mantiene el poder, pero pierde el discurso. Pasa de líder del mundo libre a ocupante con bandera. De referente moral a administrador armado.
Si no funciona, el escenario es todavía peor. Crisis interna en Estados Unidos, oposición creciendo, juicios, elecciones perdidas, aliados que empiezan a dudar. Y en ese contexto, figuras como Machado podrían reaparecer no contra el chavismo, sino contra Estados Unidos, acusándolo de lo mismo que decía combatir. Y la incertidumbre volvería, espantando inversiones y acelerando el derrumbe del orden global.
Por eso la prisa. Por eso el acuerdo exprés. Por eso el chavismo reciclado. Por eso el control inmediato. Trump sabe que esta jugada tiene fecha de vencimiento. O la cierra ahora, o se le desarma desde dentro.
Y queda flotando la pregunta que incomoda a todos, incluso a los que hoy aplauden:
Si el dólar depende de la energía, y la energía depende del control territorial, ¿estamos viendo el paso definitivo de una hegemonía financiera a una hegemonía territorial, brutal, personalista y sin careta?
La historia todavía se está escribiendo. Pero ya no se escribe con discursos bonitos.
Se escribe con petróleo, control y miedo.
