El pasado 19 de enero de 2026, Chiloé cumplió 200 años desde su incorporación oficial a la República de Chile. Una fecha significativa, histórica, fundacional. Y sin embargo, pasó con la misma tibieza con que pasó su centenario en 1926. Sin pena ni gloria. Sin presencia nacional real. Sin penetrar, ni de cerca, en el corazón del archipiélago. Una efeméride de Estado que no logra habitar el alma del territorio. Y eso, convengamos, ya no puede ser un accidente.
Estaba todo dispuesto para que este bicentenario fuera distinto. O al menos mejor. Había voluntad local, trabajo cultural, iniciativas comunitarias, una ceremonia en Ancud preparada con el simbolismo histórico correspondiente. El Fuerte San Antonio, escenario del Tratado de Tantauco. El Presidente de la República había confirmado asistencia. Pero los incendios forestales que arrasan el centro-sur del país lo obligaron a suspender el viaje. Lo entendemos. Las emergencias nacionales no dan tregua y su presencia allá era necesaria. Pero la ausencia del Presidente, por legítima que haya sido, terminó siendo el gesto simbólico que resumé los últimos 200 años de la relación de Chiloé con el Estado. Una promesa de presencia que nunca termina de llegar.
No se trata de personalizar en una figura. El problema es mucho más profundo, estructural, repetido. Ya en 1926, el centenario fue apenas una nota al margen. La prensa local de entonces criticaba la «indiferencia total» del Gobierno. Se inauguró un monolito. Sin ministros, ni presidente, ni plan alguno. Se escribía entonces que para los chilotes valía más un hospital o una carretera que todos los discursos y bailes en su honor. Y eso fue hace cien años.
En 2026, volvimos al mismo libreto. Sin coordinación central, sin una estrategia nacional de conmemoración, sin inversiones vinculantes, sin políticas de desarrollo para acompañar la memoria. Las actividades más significativas surgieron desde el propio territorio. Festivales, ferias, encuentros culturales, conciertos populares en la costanera. Chiloé se celebró a sí mismo, como siempre ha sabido hacerlo, con dignidad, con belleza, con música y raíz.
Pero no es suficiente. No puede seguir siendo suficiente. Porque la pregunta no es cuánto folklore podemos armar en enero, sino cuánta dignidad cotidiana podemos construir en los próximos 100 años. Y ahí, el panorama es menos festivo.
La historia nos recuerda que Chiloé no se sumó a Chile con entusiasmo independentista. Fue la última provincia realista del virreinato, y solo tras tres campañas militares y muchas pérdidas humanas, firmó un tratado. El Tratado de Tantauco, que garantizaba entre otras cosas el respeto a las tierras de las comunidades originarias. Cosa que, como tantas otras promesas, no se cumplió. Desde entonces, el archipiélago ha aportado con creces al país: hombres, madera, barcos, trabajadores, identidad. Pero, ¿qué ha vuelto a cambio? Caminos sin terminar. Conectividad a medias. Postergación sistemática. ¿No es eso, acaso, una forma sofisticada de abandono?
Y sin embargo, aquí estamos. No esperando caridad, sino demandando justicia. No reclamando por la ausencia de una figura, sino por la ausencia de un proyecto-país que incluya de verdad a sus territorios. Porque Chiloé no es solo un paisaje típico para postales turísticas. Es un pueblo con historia, con contribución y con derechos. Con demandas concretas. Salud digna, conectividad moderna, autonomía efectiva, descentralización real. No basta con el aplauso simbólico. Se necesita acción estructural.
Quizá por eso, durante la propia ceremonia en Ancud, el alcalde Ojeda instaló nuevamente la demanda por la región de Chiloé. No por un capricho, sino porque hay una sensación honda de que sólo con mayor autonomía se podrá avanzar. Que el centralismo no va a corregirse solo. Que se necesita presión, organización, acción política.
El bicentenario es también una excusa para mirar hacia adelante. Para preguntarnos si queremos llegar al tricentenario en las mismas condiciones. Con los mismos reclamos. Con la misma soledad. Porque ya no sería un descuido. Sería una decisión.
Hoy, la memoria no puede ser solo acto simbólico. Tiene que ser motor de futuro. Y eso implica cambiar la relación de Chiloé con Chile. Implica exigir al Estado lo que por historia corresponde. Implica también hacer desde el territorio todo lo que nos toca. Porque sí, Chiloé se ha levantado solo muchas veces. Pero no podemos seguir naturalizando esa soledad como parte de nuestra identidad.
No basta con recordar los 200 años. Hay que decidir cómo queremos que sean los próximos cien.
Y esta vez, que no pase sin pena ni gloria.
