El cambio de mando presidencial de hoy 11 de marzo cerró el ciclo político del gobierno de Gabriel Boric. Como suele ocurrir en estos momentos, el último discurso desde el Palacio de La Moneda fue también una síntesis del relato que el propio mandatario quiso dejar sobre su administración: un balance que destacó aquellos avances que su gobierno y su coalición consideran más significativos.
Pero más allá de la enumeración de logros, hubo un elemento que destacó por sobre el resto: un ejercicio de autocrítica.
En su intervención, Boric reconoció explícitamente errores en decisiones clave tomadas durante su mandato. El primero de ellos se relaciona con su reacción frente al llamado caso Monsalve. El presidente admitió que la forma y los tiempos en que abordó la situación no estuvieron a la altura de las circunstancias, un reconocimiento que ya había adelantado el día anterior en una entrevista televisiva.
El segundo punto aludió a la controversia generada por la fallida operación de venta de la casa del expresidente Salvador Allende. En esta materia, Boric fue particularmente enfático al señalar que su decisión fue equivocada y que, bajo ninguna circunstancia, el legado y la memoria de Allende debían verse perjudicados por una mala determinación de su gobierno.
Estos gestos pueden parecer menores dentro del balance global de una administración. Sin embargo, en el contexto actual de la política contemporánea, resultan profundamente significativos.
La política en tiempos de infalibilidad digital
La política actual, profundamente atravesada por la lógica de las redes sociales y la comunicación digital, ha tendido a eliminar cualquier reconocimiento de error. Los liderazgos se construyen como relatos de certeza permanente, donde admitir fallas parece equivalente a mostrar debilidad.
En ese ecosistema, los dirigentes se transforman en personajes que deben proyectar infalibilidad: siempre tienen razón, nunca se equivocan, nunca dudan. Es una política que opera entre la verdad y la posverdad, donde la coherencia narrativa pesa más que la honestidad intelectual.
Pero esa ficción tiene un problema evidente: la realidad siempre termina imponiéndose.
Por eso el gesto de Boric resulta relevante. Reconocer errores no es solo un acto personal; también es una forma de asumir la política como un espacio de aprendizaje público. Implica aceptar que gobernar es tomar decisiones en contextos complejos, donde no todas resultan acertadas.
La humanización del poder
Hay en ese reconocimiento algo que parece escaso en la política contemporánea: humanidad.
Aceptar equivocaciones no debilita necesariamente a un liderazgo. Al contrario, puede fortalecer su legitimidad si ese reconocimiento se transforma en aprendizaje y en responsabilidad pública.
En tiempos donde abundan liderazgos que construyen personajes sin fisuras —relatos de perfección sostenidos a fuerza de negaciones y relatos alternativos— el contraste es evidente. Cuando esos personajes se enfrentan finalmente con la realidad, el choque suele ser brutal.
La política necesita menos personajes y más personas.
Un cierre que deja preguntas
El gobierno de Boric será evaluado con el paso del tiempo por sus resultados, sus reformas y sus decisiones. Esa es la lógica inevitable de la historia política.
Pero su discurso de despedida deja al menos una señal interesante: la posibilidad de reivindicar una forma distinta de ejercer el poder, donde el reconocimiento del error no sea interpretado como debilidad, sino como parte de una ética pública.
En un tiempo político marcado por la estridencia, la polarización y las verdades absolutas, ese gesto no es menor.
Quizás, después de todo, gobernar también consiste en aprender en público.
