Hay generaciones que se forman en la comodidad. Y hay otras que se forman en la disputa.
Nosotros fuimos de las segundas.
No importa desde qué vereda se mire hoy. Ni desde qué grupo, corriente o espacio se haya estado en ese momento. Da lo mismo si fuimos aliados, rivales o simplemente competidores dentro de una misma estructura. Porque hay algo que compartimos, aunque no siempre lo digamos en voz alta:
Nos formamos peleando.
Hubo un tiempo en que la política no era un lugar dado. Era algo que había que ganarse. En discusiones largas. En tensiones incómodas. En estrategias que muchas veces se construían con más intuición que certezas. Nos enfrentamos entre nosotros. Competimos. Nos organizamos. Construimos posiciones. Y en ese proceso — muchas veces duro, muchas veces áspero — hicimos algo que hoy cuesta más de ver:
Aprendimos a hacer política de verdad.
No desde la teoría. Desde la experiencia. Desde el error, desde la derrota, desde esas pequeñas victorias que no salían en ninguna parte, pero que para nosotros lo eran todo. Ese ciclo, en algún momento, se cerró.
No de golpe. No con un hito claro. Simplemente pasó. Cada uno tomó su camino. Algunos avanzaron por dentro del Estado. Otros desde los territorios. Otros desde espacios técnicos, profesionales o políticos distintos. Y sin darnos cuenta, dejamos de cruzarnos:
Hasta ahora.
Hoy, muchos de nosotros tenemos más de 40. Tenemos redes. Tenemos historia. Tenemos aprendizaje acumulado de años que no se improvisa ni se hereda. Pero también tenemos algo que antes no teníamos — y que ningún cargo ni ninguna militancia te regala:
Responsabilidad.
Hace pocos días, algo se volvió a mover. En más de un lugar, de más de una forma. No fueron grandes convocatorias. No fueron actos públicos. Fueron conversaciones simples — un mensaje, una llamada, un chat que empezó con pocos y terminó con muchos. Distintos caminos. Distintas trayectorias. Incluso antiguas diferencias. Pero un mismo diagnóstico, tan simple como incómodo:
Si no nos hacemos cargo nosotros, alguien más lo va a hacer.
Eso es lo que está tomando forma hoy. En distintos espacios, con distintos nombres. Uno de ellos es Impulsa PPD — no como un lote, no como una facción cerrada, sino como lo que es: una generación que decide articularse. Que decide volver a encontrarse, no desde la nostalgia ni desde la revancha, sino desde algo más profundo:
La necesidad de asumir.
Y aquí está el punto que incomoda. Esto no es volver a ser jóvenes. Es aceptar que ya no lo somos. Es entender que ya no basta con cuestionar el poder. Que ya no alcanza con tensionarlo desde fuera. Ahora toca algo distinto. Ahora toca ejercerlo.
Ser disidencia construye identidad. Conducir construye destino.
