La discusión sobre inteligencia artificial suele partir demasiado lejos. Parte en Silicon Valley, en los gigantes tecnológicos, en los modelos capaces de escribir, programar, crear imágenes o reemplazar tareas que hasta hace poco parecían exclusivamente humanas.
Y sí, todo eso importa. Pero hay una conversación mucho más urgente, más concreta y probablemente más decisiva para Chile: qué puede hacer la inteligencia artificial por los territorios pequeños, aislados, pobres o históricamente postergados.
Porque cuando se habla de IA, casi siempre se piensa en empresas grandes, universidades sofisticadas, ministerios, bancos, centros urbanos, industrias con capacidad de inversión. Se imagina un futuro de oficinas modernas, equipos técnicos, laboratorios y personas entrenadas para moverse con naturalidad entre datos, plataformas y automatizaciones.
Pero la inteligencia artificial también podría ser otra cosa. Podría transformarse en una herramienta de compensación territorial: ayudar a que una comuna pequeña acceda a capacidades que hoy simplemente no puede pagar, atraer ni sostener. Podría permitir que municipios con pocos funcionarios, presupuestos limitados y enormes desafíos sociales tuvieran mejores herramientas para decidir, planificar, responder y acompañar a su comunidad.
Y ahí aparece la pregunta fundamental: ¿vamos a usar la inteligencia artificial para profundizar las desigualdades que ya existen, o para reducir algunas de las brechas más duras entre los centros de poder y los territorios que históricamente han quedado al margen?
La respuesta dependerá menos de la tecnología que de la política. Y, sobre todo, dependerá de cómo entendamos el dato.
Porque la IA no trabaja en el vacío. No piensa por generación espontánea. No aparece como una especie de magia que resuelve problemas sin tocar la realidad. La IA funciona a partir de información: datos sobre personas, territorios, necesidades, comportamientos, procesos, servicios, recursos, problemas y decisiones. El dato es su materia prima.
Y quien controla el dato, controla una parte creciente de la capacidad de comprender, anticipar y decidir sobre la realidad. Por eso, antes de entusiasmarse demasiado con la IA, conviene volver al punto de partida: la soberanía del dato.
El dato no es solo información: es capacidad de decidir
Durante mucho tiempo pensamos que los datos eran algo técnico. Una planilla. Un registro. Un formulario. Una ficha guardada en una oficina pública.
Pero eso cambió. Hoy un dato puede revelar cómo se mueve una comunidad, qué problemas se repiten, dónde están las mayores carencias, qué trámites generan más frustración, qué servicios son insuficientes y qué decisiones públicas podrían tomarse mejor. Cuando esos datos se ordenan, se cruzan y se analizan, dejan de ser simples registros. Se convierten en conocimiento. Y cuando ese conocimiento se usa para tomar decisiones, se convierte en poder.
Ese es el gran cambio de época.
No se trata solo de proteger la privacidad individual, aunque eso es indispensable. Se trata de entender que los datos de una comunidad tienen valor colectivo: hablan de su territorio, de sus problemas, de sus oportunidades y de su futuro.
Una comuna que entrega sin criterio sus datos a plataformas externas, proveedores cerrados o sistemas que no puede revisar, queda en una posición de dependencia. Puede tener dashboards bonitos, aplicaciones rápidas y plataformas aparentemente eficientes. Pero si no sabe dónde quedan sus datos, quién los procesa, para qué se usan ni qué capacidad mantiene el municipio sobre ellos, entonces la modernización puede terminar siendo una nueva forma de subordinación.
La inteligencia artificial puede ayudar mucho. Pero también puede convertirse en una maquinaria que extrae información desde los territorios, la procesa en otra parte y devuelve soluciones diseñadas desde lejos, bajo intereses que no siempre coinciden con las necesidades locales. Ahí está el riesgo. Y también ahí está la oportunidad.
Puqueldón: una isla dentro de otra isla
Pensemos en Puqueldón. Una comuna insular, parte del archipiélago de Chiloé, con una población que bordea las cuatro mil personas según el Censo 2024. No es pequeña solo en cantidad de habitantes. Es pequeña también en capacidad institucional, acceso a profesionales especializados, presupuesto, conectividad, infraestructura y cercanía con los grandes centros donde se concentran las decisiones, los recursos y el talento.
Puqueldón tiene una condición territorial que no es excepcional en Chile, pero sí profundamente reveladora. Hay muchas comunas rurales, aisladas o periféricas que viven una paradoja permanente: tienen problemas complejos, pero pocos recursos para enfrentarlos. Necesitan profesionales de planificación, desarrollo económico, salud, educación, vivienda, medio ambiente, conectividad, innovación, gestión de proyectos, datos y transformación digital. Pero esos profesionales no siempre llegan. Y cuando llegan, muchas veces no se quedan.
No porque el territorio no tenga valor. No porque su gente no tenga capacidades. Sino porque el modelo de desarrollo chileno sigue concentrando las trayectorias profesionales, los buenos sueldos, las redes de influencia y las posibilidades de especialización en pocos lugares. Santiago absorbe. Las capitales regionales absorben. Y los territorios más pequeños quedan atrapados en una rueda conocida: cuesta atraer talento porque hay pocas oportunidades, y hay pocas oportunidades porque cuesta atraer talento.
Ese círculo se vuelve especialmente duro en los gobiernos locales. Un municipio pequeño puede tener funcionarios comprometidos, dirigentes activos, comunidades organizadas y una autoridad con buena voluntad. Pero nada de eso reemplaza la falta de equipos técnicos estables: alguien que levante proyectos, que lea bases de financiamiento cada semana, que ordene datos territoriales, que identifique patrones de demanda social, que redacte propuestas, compare experiencias, revise normativa o haga seguimiento a compromisos institucionales.
Y ahí es donde la inteligencia artificial puede abrir una ventana que antes simplemente no existía.
Los agentes de IA: no son chatbots, son asistentes que trabajan
Cuando se habla de inteligencia artificial, mucha gente piensa en un chatbot. Una ventana donde uno escribe una pregunta y recibe una respuesta. Eso es parte de la historia, pero no es lo más importante.
Lo que viene con fuerza son los agentes de IA. Un agente no es solo una herramienta que conversa: es un sistema que puede recibir una tarea, consultar fuentes autorizadas, ordenar información, ejecutar pasos definidos, preparar borradores, hacer seguimiento y entregar resultados con cierto nivel de autonomía. Dicho más simple: un agente de IA no solo responde. Puede trabajar.
Por supuesto, no reemplaza la responsabilidad humana. No puede gobernar una comuna, decidir por una autoridad electa ni interpretar por sí solo las urgencias de una comunidad. Pero sí puede transformarse en una especie de equipo de apoyo permanente: uno que no se cansa, que revisa información, la organiza, la recuerda y la pone a disposición de quienes sí deben decidir.
Imaginemos algunos usos posibles.
Un agente municipal podría revisar diariamente nuevas convocatorias de fondos públicos, seleccionar las que tienen sentido para Puqueldón y preparar un resumen simple para el equipo. Otro podría ordenar solicitudes ciudadanas recibidas por distintos canales, detectar problemas recurrentes y mostrar qué sectores concentran más reclamos por conectividad, caminos, agua, transporte o atención social. Otro podría apoyar la redacción de proyectos, el ordenamiento de antecedentes territoriales y la revisión de postulaciones incompletas.
Otro podría asistir a dirigentes sociales para entender programas públicos, formular solicitudes o preparar iniciativas comunitarias. Otro podría ayudar a una escuela rural a crear material pedagógico adaptado a su realidad, sin depender de que cada profesor tenga horas disponibles para construir todo desde cero. Otro podría apoyar a emprendedores locales a mejorar textos, diseñar catálogos, responder consultas o explorar oportunidades de comercialización.
No estamos hablando de reemplazar personas. Estamos hablando de multiplicar capacidades. En una comuna grande, muchas de estas tareas se resuelven contratando un especialista, creando una unidad técnica o incorporando una consultoría externa. En una comuna pequeña, eso simplemente no suele ser posible. Un agente de IA bien diseñado podría entregar una parte importante de esa capacidad. Y para territorios que han vivido históricamente con equipos incompletos, una parte importante puede cambiar mucho.
La IA puede reducir distancia, pero no puede borrar la desigualdad por sí sola
Aquí conviene no caer en la propaganda tecnológica.
La IA no resolverá la pobreza. No arreglará los caminos. No traerá médicos. No construirá viviendas. No reemplazará la inversión pública ni solucionará el aislamiento geográfico ni la desigualdad estructural entre territorios. Pensar eso sería ingenuo.
Pero también sería ingenuo negar que puede ayudar a reducir una brecha muy concreta: la brecha de capacidad.
Una comuna pequeña no puede esperar a tener todos los profesionales que necesita para empezar a mejorar sus procesos. No puede esperar diez años a que cambie la estructura completa del Estado. No puede resignarse a que sus posibilidades de desarrollo dependan de voluntades individuales o de consultoras que aparecen solo cuando hay un proyecto financiado.
La IA puede ayudar a que el conocimiento llegue más lejos. Puede permitir que una persona en Puqueldón acceda a herramientas que antes estaban reservadas para instituciones con grandes equipos. Puede facilitar que una organización comunitaria entienda mejor una política pública, que una municipalidad prepare mejores proyectos, que los territorios hablen con más claridad sobre sí mismos.
Eso importa. Porque una parte del abandono territorial ocurre cuando los problemas no logran transformarse en información ordenada, en evidencia clara, en propuestas capaces de competir por recursos. Muchas comunidades tienen necesidades legítimas, pero no siempre tienen las herramientas para traducirlas en proyectos, indicadores, diagnósticos o documentos técnicos. La desigualdad también vive ahí: en la capacidad de convertir una urgencia real en una solicitud comprensible para el Estado. En la capacidad de transformar una experiencia comunitaria en una política pública posible. En la capacidad de hacer visible aquello que desde Santiago simplemente no se alcanza a ver.
Pero todo depende de quién controla el dato
Los agentes de IA pueden ser una tremenda oportunidad para comunas como Puqueldón. Pero solo si se construyen desde una lógica de soberanía territorial.
Eso significa varias cosas. Significa que los datos de la comuna no pueden transformarse en mercancía silenciosa para plataformas externas. Que los municipios deben saber qué información están entregando, dónde queda almacenada y qué usos pueden hacerse de ella. Que los sistemas deben tener reglas claras: qué datos pueden usarse, cuáles no, qué información requiere anonimización, quién puede acceder, qué decisiones nunca pueden automatizarse, qué procesos necesitan siempre revisión humana, qué proveedores pueden ser auditados y qué herramientas permiten exportar los datos versus las que dejan al municipio atrapado en una plataforma cerrada.
Porque no todos los datos son iguales. Una cosa es usar información pública sobre fondos concursables, normativa, planificación territorial o estadísticas abiertas. Otra muy distinta es entregar datos sensibles de salud, vulnerabilidad social, infancia, violencia intrafamiliar o trayectorias personales. Ahí el criterio debe ser mucho más exigente.
La inteligencia artificial puede ayudar a organizar información, pero no puede transformarse en una excusa para debilitar derechos. Puede hacer más eficiente un municipio, pero no puede convertir a las personas en perfiles administrables. Puede apoyar la gestión, pero no puede reemplazar la dignidad, el consentimiento ni el control democrático.
Ese es el equilibrio que hay que construir. No se trata de rechazar la IA por miedo. Tampoco de adoptarla con los ojos cerrados. Se trata de usarla desde una pregunta política: ¿esta tecnología aumenta la autonomía de nuestra comunidad o la hace más dependiente?
Una oportunidad para imaginar otro desarrollo territorial
La discusión más importante no es si Puqueldón tendrá o no inteligencia artificial. La inteligencia artificial llegará igual. Ya está llegando: está en los teléfonos, en los buscadores, en las plataformas de atención, en la educación, en el comercio, en la publicidad, en los servicios financieros, en las redes sociales y en la administración pública.
La verdadera discusión es otra. ¿Llegará como una tecnología importada que extrae datos y concentra más poder? ¿O llegará como una herramienta que fortalece capacidades locales? ¿Será una nueva dependencia o una oportunidad para que las comunas pequeñas hagan más con lo que tienen? ¿Será una plataforma cerrada que nadie entiende, o una infraestructura útil, transparente y gobernada desde el interés público?
Puqueldón no necesita convertirse en Silicon Valley. No tiene sentido copiar modelos ajenos. Su desafío es otro: usar la tecnología para resolver problemas reales de su territorio, fortalecer a su comunidad y ampliar sus capacidades sin perder control sobre su información.
Eso sí sería innovación. No poner pantallas donde antes había papeles. No llenar oficinas de aplicaciones. No hablar de transformación digital como si fuera una campaña de marketing. Innovar sería lograr que una comuna pequeña pudiera acceder a conocimiento, apoyo técnico y capacidad de gestión que hoy le están negados por distancia, presupuesto o falta de profesionales. Sería usar agentes de IA para que una dirigenta social entienda mejor una postulación, para que un funcionario no pase horas buscando información dispersa, para que una escuela rural tenga apoyo pedagógico, para que un emprendedor local pueda competir mejor, para que una comunidad se conozca mejor a sí misma, para que el Estado llegue con más inteligencia a donde históricamente ha llegado tarde.
Pero para eso hay que cuidar el dato. Porque el dato no es un detalle técnico. Es el registro de la vida de una comunidad. Es su memoria. Es su mapa de necesidades. Es una parte de su capacidad de decidir el futuro.
La inteligencia artificial puede abrir una puerta enorme para las comunas pequeñas. Puede romper el aislamiento técnico, acercar conocimiento, multiplicar capacidades y hacer más justo el acceso a herramientas que hasta ahora solo tenían los grandes. Pero solo será una verdadera oportunidad si entendemos algo básico: la tecnología debe estar al servicio del territorio, no el territorio al servicio de la tecnología.
Y en esa discusión, Puqueldón no es un caso pequeño. Es una pregunta grande para Chile.
Porque el futuro de la inteligencia artificial no se va a definir solo en las oficinas de las grandes empresas o en los pasillos del Congreso. También se definirá en lugares como ese. En una isla dentro de otra isla. En una comuna que necesita más capacidades. En una comunidad que no quiere seguir esperando que alguien llegue desde afuera a resolverle la vida.
La pregunta no es si la IA puede ayudar. La pregunta es si seremos capaces de usarla sin entregar aquello que nos permite decidir por nosotros mismos. Porque la inteligencia artificial puede ser una herramienta de desarrollo territorial. Pero solo cuando el dato sigue siendo de la comunidad que lo genera.
